martes, 2 de febrero de 2010

La Candelaria


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No me gusta cuando la gente se pone nostálgica y dice que las cosas de antes eran mejores que las de ahora, y tampoco cuando se dice que el pasado fue un tiempo de penurias y de salvajes. Las comparaciones suelen ser odiosas, pero es que en el caso del Tiempo no pueden establecerse. El Pasado (y nuestro propio pasado) fue como fue y ya está. Hay que aceptarlo con naturalidad.

Dicho esto, hay que decir que las Candelarias de antes eran mucho mejores que las de ahora. Hoy los adultos preparan la leña (la mayoría consistente en palets de los almacenes), la echan a la candela, que suele ser diminuta en comparación con los gigantescos candelones que formábamos antes y no dejan que los niños se acerquen al fuego, mientras organizan una parranda o comilona y se ponen a hablar de fútbol o negocios.

Antes, los niños (principalmente los varones) nos estrujábamos los sesos durante un mes pensando en qué lugares podía haber cualquier clase de material combustible, estábamos semanas por descampados y solares buscando y arrastrando fatigosamente cantidades de leña desproporcionadas en relación a nuestro tamaño y el día de la Candelaria teníamos derecho (es que nadie se preocupaba por ello) a echar nosotros la leña a la candela. Estábamos varios días ansiosos y temerosos, guardando nuestra leña de noche en los descampados, por si venían los de otros barrios a quitárnosla. En esas veladas frías al relente, urdíamos estrategias, calculábamos qué maniobras podía estar tejiendo el enemigo y compartíamos confidencias y saberes secretos. A veces nos acercábamos cautelosamente a los montones de los otros barrios, para ver si tenían más leña que nosotros, en cuyo caso redoblábamos denodadamente nuestros esfuerzos. Parte de la leña, naturalmente, la teníamos escondida en los lugares más inverosímiles, y disfrutábamos pensando en la sorpresa que se llevarían nuestros rivales cuando comprobaran la magnitud real de nuestras provisiones. Ninguno de nosotros era ecologista, y echábamos a la candela igual latas de aceite para los coches, neumáticos que soltaban un humo espantosamente negro, cosas de plástico, con las que nos regocijábamos viendo las impredecibles formas que adquirían al derretirse, botes de spray que explotaban, etc. Mi madre me cuenta que en su época (los 40; yo viví la Candelaria en los años 70 y principios de los 80) los niños se metían en los molinos de aceite para robar los rondeles empapados de aceite, que ardían extraordinariamente bien. José Antonio Arjona, que vivió las Candelarias más intensamente que yo (era endeble y no participé en refriegas), me cuenta cómo intimidaban a los que se acercaban a amenazar su leña tirándoles piedras, aunque en plan más bien disuasivo, y chinazos con el tiraor (nombre local del tirachinas). Si las disputas debían resolverse con una pelea, el enfrentamiento se llevaba a cabo sólo entre los jefecillos, los niños más grandes y fuertes. Recuerdo también la emoción de encender la candela, el quedarme un montón de rato mirando las chispas, visitar las candelas rivales para ver cuál era mayor, inspeccionar las ascuas la mañana siguiente antes de ir a la escuela... En fin, voy a parar ya, que me estoy pareciendo al niño de "Cuéntame cómo pasó".

Recuerdo la fascinación que sentí cuando en las candelarias nuestras madres y algunas niñas formaban algunos modestos rincoros (o corros) y cantaban sus canciones y bailaban sus danzas. En algún momento las envidié, aunque también algunos niños se metían en el rincoro. Antes, se pasaban varias horas cantando y bailando alrededor de la candela, alrededor en sentido literal, porque rodeaban enteramente la candela varias decenas de niñas y mujeres.

En las Candelarias de antes también se comían roscas de pan con aceite y bacalao seco, pero siempre tras haber cumplido el ritual mágico de su bendición por parte de un sacerdote (católico). Las aceitunas no venían en bolsitas.


En fin, hoy sólo quedan pálidas cenizas del esplendor de antaño, pero aún así, como homínidos que sólo muy recientemente hemos domeñado el furor de esa criatura semiviva y extraña, que no es un gas, ni un sólido ni un líquido, nos sentimos fuertemente atraídos por cualquier hoguera. Quiero recuperar aquí un sentimiento magnífico que experimenté en la Candelaria en que yo tenía 13 años. Acababa de leer el libro de Carl Sagan "Cosmos", cuya versión televisiva marcó a toda una generación de aficionados a la ciencia a principios de los 80. En ese libro se hablaba de "todo lo que es, lo que ha sido y lo que será", desde los electrones y los átomos hasta las estrellas, los agujeros negros y las galaxias, desde el origen del Universo hasta su incierto final. Yo inicié mi andadura en la adolescencia imbuido de un sentimiento de asombro y fascinación por el fuego de aquella hoguera y las estrellas allá arriba.

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